Sentido del dogma mariano

Con la definición del dogma de la Concepción Inmaculada de María por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, culminó un largo proceso de reflexión eclesial bajo el impulso del Espíritu Santo, sobre la figura de la Virgen María, que permitió conocer, de modo más profundo, las inmensas riquezas con las que fue adornada para que pudiera ser digna Madre del Hijo eterno de Dios.


MARÍA INMACULADA EN EL MISTERIO 

DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

Elegida para ser la Madre del Salvador, María ha sido “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante” (LG 56). En el momento de la Anunciación, el ángel Gabriel la saluda como llena de gracia (Lc 1, 28) y ella responde: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra (Lc 1, 38). Para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente conducida por la gracia de Dios. Preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción, María es la “digna morada” escogida por el Señor para ser la Madre de Dios. Abrazando la voluntad salvadora de Dios con toda su vida, María “colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia” (LG 61). Madre de Dios y Madre nuestra, María ha sido asociada para siempre a la obra de la redención, de modo que “continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna”(LG.62). En Ella la Iglesia ha llegado ya a la perfección, sin mancha ni arruga (Ef 5, 27), por eso acude a ella como modelo perenne en quien se realiza ya la esperanza escatológica” (Conferencia Episcopal Española, libro de la Inmaculada).


MARÍA INMACULADA, LA PERFECTA REDIMIDA

La santidad del todo singular con la que María ha sido enriquecida le viene toda entera de Cristo: “redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo” (LG. 53), ha sido bendecida por el Padre más que ninguna otra persona creada (Ef. 1, 3; Lc. 1, 42) y ha sido elegida antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (Ef. 1, 4). Confesar que María, nuestra Madre, es “la Toda Santa” –como la proclama la tradición oriental-  implica acoger con todas sus consecuencias el compromiso  que ha de dirigir toda la vida cristiana: “Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados  a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (LG. 40).

 

MARÍA INMACULADA Y LA VICTORIA SOBRE EL PECADO

María Inmaculada está situada en el centro mismo de aquella “enemistad” (Gn 3,15; Ap 12, 1) que acompaña la historia misma de la salvación. “Por su pecado, Adán, en cuanto primer hombre, perdió la santidad y la justicia originales que había recibido de Dios no solamente para él, sino para todos los seres humanos” (CIC 416). Sabemos por la Revelación que el pecado personal de nuestros primeros padres ha afectado a toda la naturaleza humana: todo hombre, en efecto, está afectado en su naturaleza por el pecado original (Sal 50, 7; Rm. 18-19). Y aun cuando “la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente” (CIC404), comprobamos cómo lo que la Revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia, pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males” (GS 13).La Bienaventurada Virgen María, al haber sido preservada inmune de toda mancha de pecado original, permanece ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios. Esta elección es más fuerte que toda la fuerza del mal y del pecado que ha marcado la historia del hombre. Una historia en la que María es “señal de esperanza segura” (Juan Pablo II). En María contemplamos la belleza de una vida sin mancha entregada al Señor. En ella resplandece la santidad de la Iglesia que Dios quiere para todos sus hijos.  


CELEBRACIÓN LITÚRGICA DE LA INMACULADA

“En la solemnidad litúrgica del 8 de diciembre “se celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación primigenia a la venida del Salvador (Is 11, 1.10) y el feliz exordio de la Iglesia sin mancha ni arruga”. Al inicio del Año litúrgico, en el tiempo de Adviento, la celebración de la Inmaculada nos permite entrar con María en la celebración de los Misterios de la Vida de Cristo, recordándonos la poderosa intercesión de Nuestra Madre para obtener del Espíritu la capacidad de engendrar a Cristo en nuestra propia alma, como pidiera ya en el siglo VII San Ildefonso de Toledo en una oración de gran hondura interior: “Te pido, oh Virgen Santa, obtener a Jesús por mediación del mismo Espíritu, por el que tú has engendrado a Jesús. Reciba mi alma a Jesús por obra del Espíritu, por el cual tu carne ha concebido al mismo Jesús (…) Que yo ame a Jesús en el mismo Espíritu, en el cual tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo”. (Conferencia Episcopal Española, libro de la Inmaculada).