En el centro de la ciudad y en el corazón de Ia Iglesia...

¡Alabarle será nuestra gloria!

CARISMA MARIANO INMACULISTA

 

  

“Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi” (Lc 1, 49 ).

Los miembros de la Orden de la Inmaculada Concepción, o Concepcionistas Franciscanas, formamos parte de esas “generaciones” de hombres y mujeres que, inspiradas por el Espíritu Santo (Lc. 1, 41), percibimos “las maravillas que Dios obró en María”. Y por eso no cesamos de felicitarla y alabar a Dios con ella y por ella (Lc 1, 42).

“No pocos siglos antes de la proclamación del dogma, y mientras todavía hervían las discusiones teológicas, la Inmaculada Concepción se manifestaba como fuerza viva en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia, suscitando una Orden contemplativa que se inspiraba en el nuevo fulgor de la “Toda Pura” y recibía de ella energías para una más generosa consagración a Cristo, en el cotidiano esfuerzo para no apartar nada de la dulce soberanía de su amor”

“La blanca limpieza de la Virgen fue el ideal de la vida de Beatriz de Silva, fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción. Ideal que dejó en herencia a sus hijas, disponiendo que ella fuera la característica distintiva de la nueva Orden”(Pablo VI. Homilía de Canonización de Santa Beatriz).


SEGUIR A CRISTO VIVIENDO LAS ACTITUDES DE MARÍA

 

Confesar que María, nuestra Madre, es “la Toda Santa” implica acoger con todas sus consecuencias el compromiso que ha de dirigir toda nuestra vida cristiana y contemplativa; a reavivar nuestra consagración bautismal y religiosa según el modelo de la consagración de María; a seguir a Cristo teniendo muy presente las actitudes de María, pues Ella “es miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su prototipo y modelo destacadísimo en la fe, la caridad y perfecta unión con Cristo” (LG 53 y 63).


María es la “Llena de Gracia” (Lc 1, 28).

María es la perfecta oyente de la Palabra (Lc 1, 38; 2, 19; 2, 51).

María es la creyente (Lc 1, 45).

María es la servidora de Dios y de los hombres (Lc 1, 38; 1, 39-40).

María es la Madre de Cristo, nuestro Señor (Lc 1, 43);  y Madre nuestra (Jn 19, 26-27).

María es la intercesora a favor nuestro ante su Hijo (Jn 2, 3)

 María es la orante que implora el don del Espíritu para toda la Iglesia (Hch 1, 14; 2,1).

María es la que, íntimamente unida a Cristo, está en perpetua enemistad con la Serpiente, en lucha contra las fuerzas del Mal (Gn 3, 15; Jn 19, 25; Ap 12, 1-18) “hasta que Dios lo sea todo en todos” (1 Cor 15,28). 

 

Con María estamos llamadas a abrirnos a la Gracia, a escuchar la Palabra, a creer, a servir a Dios y a nuestros hermanos, a ser madres (Lc. 8, 21), a orar constantemente e implorar el Espíritu para toda la Iglesia y para toda la humanidad,  a “vencer el mal a fuerza de bien” (Rm. 12, 21).